Deja tu testimonio, comentario, o recuerdo sobre Bartolo
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Son of Bartolomé
el agosto 31, 2019 a las 11:53 am
Toda una vida vivida cerca de mis padres, con ellos, entre ellos… dan para mucho, y los recuerdos son un torrente inagotable. Mi padre está en todos, desde luego, porque siempre estuvo con nosotros, siempre lo tuvimos al lado. Todo aquello que cuando sucedía no dejaba de ser pura cotidianidad, ahora resulta casi una reliquia entrañable, que conservaremos porque es parte constitutiva de nuestra existencia. Los mil sucesos cotidianos, el cuidado de los niños (sus nietos) y su transporte al colegio y desde el colegio, las comidas familiares en el saloncito de la casa materna, las fiestas navideñas, las compras y arreglos de los pisos -ese bricolage magnífico del que no podíamos prescindir-, los sábados por la tarde de estos últimos años con sus inevitables películas de Cine de Barrio, también aquellos gloriosos sábados por la mañana de los años 80, cuando toda lafamilia acudía al mercado de la plaza de Cuba y se daba cita en la parada de mi tío. Especialmente desde que se jubiló, mi padre ha estado presente en todos los acontecimientos de nuestras vidas y casi no hay espacio ni circunstancia en los que no aparezca con su sonrisa alegre y campechana (a veces también con mala uva, claro). Las vacaciones en el pueblo constituyen un capìtulo especial, ese rosario de días que un año tras otro tenía la virtud de reunirnos con la familia de allá. Los primeros años no tenìamos alojamiento propio y nos metíamos de prestado donde buenamente nos hospedaban, pero ya desde 1980 la casa familiar de la calle de la Copa ha sido el escenario de nuestro descanso y disfrute vacacional (con sus veladas nocturnas en el terrado, las comidas magníficas de mi madre, los telediarios, el equipo A aquel, luego los Simpson, la huerta, los paseos por la parte antigua del pueblo, la revisitación de las viejas casas familiares, las conversaciones, las risas, los recuerdos de muy antiguos episodios …)
Pero, claro, todo tiene un principio en esta vida de estrechísima relación con mis padres, y ese principio tuvo lugar en la vieja casa familiar de la calle Nápoles, aquella casa con varias habitaciones distribuidas en la línea del pasillo que desembocaba en el necesario comedor (el cual daba acceso al entrañable patio de tantas aventuras infantiles, tanto como el terrado después). Aquella planta baja fue mi primer universo y mis padres, mi abuela y mi tío fueron los más extraordinarios seres que constituían el sostén de mi vida en aquellos primeros años- Recuerdo la habitación con la cuna y aquellas sesiones de cine cómico producidas por un proyector que luego cambiaron por algún electrodoméstico. Recuerdo las legañas y los baños de tomillo para que pudiese abrir los ojos, recuerdo a mi padre y a mi tío quitando la nieve del terrado con sendas palas, seguramente en aquellas navidades del 62 que resultaron históricas. Recuerdo las tardes de invierno en el comedor familiar, al calor del brasero -y después la estufa- cuando escuchábamos los programas que nos brindaba la vieja radio colgada en un rincón de la pared, recuerdo a mi tío muy interesado escuchando los noticiarios, recuerdo que llevaban cazadoras de cuero oscuro, seguramente de acuerdo con la moda de la época. Recuerdo el lavabo familiar, con su ducha a pie de suelo, aquel lavabo donde, según siempre aseguró mi madre, papá guardaba un puñado de cabras que se empeñó en comprar, recuerdo la nevera de hielo, recuerdo la Ducson que se compró mi padre, recuerdo la ilusión de las vísperas del día de Reyes y que nunca conseguí quedarme despierto para ver qué pasaba. Recuerdo la nueva vivienda, el piso superior de la casa, cuando ya éramos uno más (mi hermano ya estaba aquí) y por lo tanto no cabíamos en el bajo, en aquel piso ya tuvimos televisor (con 1ª cadena y UHF), acceso directo al terrado (que naturalment estaba provisto de dos buenas pajareras). Recuerdo las sesiones de televisión los sábados y domingos en aquella habitación central en la que todos cabíamos : la abuela y mi padre tenían una epecie de derecho privilegiado a los dos sillones mientras los demás nos distribuíamos por el tresillo y algunos taburetes de la cocina. Veíamos en aquella caja mágica programas de variedades (los magníficos Galas del Sábado), series de televisión, películas (clásicas) y partidos de futbol, entre ot ras cosas.
Los pájaros y sus pajareras y todos los utensilios que componen esa curiosa afición los hemos tenido presente desde siempre, así nos acordamos de cómo le ayudábamos a preparar los platillos con comida, trabajo que nos recompensaba con algunas pesetas. Recuerdo que de vez en cuando se le escapaba algún pájaro, el cual si era un ejemplar mediocre daba igual, pero como fuera un ejemplar de concurso el berrinche era mayúsculo, porque naturalmente llevaba a los mejores entre sus muy cuidados pájaros a concursos, y algunas veces ganaba, incluso los primeros premios. Los domingos por la mañana nos solía llevar de visita a casas de pajaristas diversos. Entre estos, me acuerdo del «Rana», personaje capital de aquellos años.
A principios de los años 70 nos trasladamos a la vivienda definitiva, un primer piso grande y espacioso (excepto la cocina, pero entonces la gente no comia en las cocinas), con patio trasero, donde al final se acabó instalando una pajarera, en la cual ha criado muchas generaciones de canarios y en la cual ha pasado larguìsimas horas entregado a su afición favorita.
Toda una vida vivida cerca de mis padres, con ellos, entre ellos… dan para mucho, y los recuerdos son un torrente inagotable. Mi padre está en todos, desde luego, porque siempre estuvo con nosotros, siempre lo tuvimos al lado. Todo aquello que cuando sucedía no dejaba de ser pura cotidianidad, ahora resulta casi una reliquia entrañable, que conservaremos porque es parte constitutiva de nuestra existencia. Los mil sucesos cotidianos, el cuidado de los niños (sus nietos) y su transporte al colegio y desde el colegio, las comidas familiares en el saloncito de la casa materna, las fiestas navideñas, las compras y arreglos de los pisos -ese bricolage magnífico del que no podíamos prescindir-, los sábados por la tarde de estos últimos años con sus inevitables películas de Cine de Barrio, también aquellos gloriosos sábados por la mañana de los años 80, cuando toda lafamilia acudía al mercado de la plaza de Cuba y se daba cita en la parada de mi tío. Especialmente desde que se jubiló, mi padre ha estado presente en todos los acontecimientos de nuestras vidas y casi no hay espacio ni circunstancia en los que no aparezca con su sonrisa alegre y campechana (a veces también con mala uva, claro). Las vacaciones en el pueblo constituyen un capìtulo especial, ese rosario de días que un año tras otro tenía la virtud de reunirnos con la familia de allá. Los primeros años no tenìamos alojamiento propio y nos metíamos de prestado donde buenamente nos hospedaban, pero ya desde 1980 la casa familiar de la calle de la Copa ha sido el escenario de nuestro descanso y disfrute vacacional (con sus veladas nocturnas en el terrado, las comidas magníficas de mi madre, los telediarios, el equipo A aquel, luego los Simpson, la huerta, los paseos por la parte antigua del pueblo, la revisitación de las viejas casas familiares, las conversaciones, las risas, los recuerdos de muy antiguos episodios …)
Pero, claro, todo tiene un principio en esta vida de estrechísima relación con mis padres, y ese principio tuvo lugar en la vieja casa familiar de la calle Nápoles, aquella casa con varias habitaciones distribuidas en la línea del pasillo que desembocaba en el necesario comedor (el cual daba acceso al entrañable patio de tantas aventuras infantiles, tanto como el terrado después). Aquella planta baja fue mi primer universo y mis padres, mi abuela y mi tío fueron los más extraordinarios seres que constituían el sostén de mi vida en aquellos primeros años- Recuerdo la habitación con la cuna y aquellas sesiones de cine cómico producidas por un proyector que luego cambiaron por algún electrodoméstico. Recuerdo las legañas y los baños de tomillo para que pudiese abrir los ojos, recuerdo a mi padre y a mi tío quitando la nieve del terrado con sendas palas, seguramente en aquellas navidades del 62 que resultaron históricas. Recuerdo las tardes de invierno en el comedor familiar, al calor del brasero -y después la estufa- cuando escuchábamos los programas que nos brindaba la vieja radio colgada en un rincón de la pared, recuerdo a mi tío muy interesado escuchando los noticiarios, recuerdo que llevaban cazadoras de cuero oscuro, seguramente de acuerdo con la moda de la época. Recuerdo el lavabo familiar, con su ducha a pie de suelo, aquel lavabo donde, según siempre aseguró mi madre, papá guardaba un puñado de cabras que se empeñó en comprar, recuerdo la nevera de hielo, recuerdo la Ducson que se compró mi padre, recuerdo la ilusión de las vísperas del día de Reyes y que nunca conseguí quedarme despierto para ver qué pasaba. Recuerdo la nueva vivienda, el piso superior de la casa, cuando ya éramos uno más (mi hermano ya estaba aquí) y por lo tanto no cabíamos en el bajo, en aquel piso ya tuvimos televisor (con 1ª cadena y UHF), acceso directo al terrado (que naturalment estaba provisto de dos buenas pajareras). Recuerdo las sesiones de televisión los sábados y domingos en aquella habitación central en la que todos cabíamos : la abuela y mi padre tenían una epecie de derecho privilegiado a los dos sillones mientras los demás nos distribuíamos por el tresillo y algunos taburetes de la cocina. Veíamos en aquella caja mágica programas de variedades (los magníficos Galas del Sábado), series de televisión, películas (clásicas) y partidos de futbol, entre ot ras cosas.
Los pájaros y sus pajareras y todos los utensilios que componen esa curiosa afición los hemos tenido presente desde siempre, así nos acordamos de cómo le ayudábamos a preparar los platillos con comida, trabajo que nos recompensaba con algunas pesetas. Recuerdo que de vez en cuando se le escapaba algún pájaro, el cual si era un ejemplar mediocre daba igual, pero como fuera un ejemplar de concurso el berrinche era mayúsculo, porque naturalmente llevaba a los mejores entre sus muy cuidados pájaros a concursos, y algunas veces ganaba, incluso los primeros premios. Los domingos por la mañana nos solía llevar de visita a casas de pajaristas diversos. Entre estos, me acuerdo del «Rana», personaje capital de aquellos años.
A principios de los años 70 nos trasladamos a la vivienda definitiva, un primer piso grande y espacioso (excepto la cocina, pero entonces la gente no comia en las cocinas), con patio trasero, donde al final se acabó instalando una pajarera, en la cual ha criado muchas generaciones de canarios y en la cual ha pasado larguìsimas horas entregado a su afición favorita.
Siempre en nuestro recuerdo, yayu